El espacio de imperturbabilidad



En un mundo caotizado donde se defienden ideologías filosóficas, religiosas y políticas, es un mundo convulsionado donde parece ser apremiante tener la razón e imponer nuestros propios puntos de vista sobre las cosas; en un mundo así de egocéntrico, permanentemente en guerra, se hace urgente y necesario hacer una pausa, aquietarse y preguntarse  ¿Dónde está la verdad?  ¿Quién tiene la razón?  ¿Cuál versión de los hechos es la verdadera?  ¿Cuál interpretación es la verdadera?... La realidad es una construcción subjetiva, es decir, cada persona construye para sí una interpretación de la realidad y organiza la información a partir del filtro de las propias gafas con las que mira y se relaciona con su mundo, por ende, existen tantas versiones de la realidad como personas existen sobre la tierra.  En ese orden de ideas ¿Dónde está la verdad? ¿Quién tiene la razón? ¿Cuál versión es la verdadera?... En honor a la verdad el humano ha sometido; por perseguir y defender la verdad se ha llegado hasta los genocidios, perseguir eso que llamamos “la verdad” nos lleva muchas por caminos estériles y de conflicto.

Experimentamos una gran resistencia al momento de reconocer que el otro tiene un punto de vista de las cosas, diferente al de uno; invertimos cantidades inimaginables de energía psíquica y emocional procurando que el otro sea, actúe y experimente la vida a partir de lo que nosotros consideramos que es lo válido y lo razonable… siempre nos equivocamos en esa empresa utópica, en esa tarea titánica. Nuestro punto de vista sobre las cosas está condicionado por todo el engranaje cultural que nos atraviesa, empezando por el lenguaje; ¿Si hubiese nacido en China tendría acaso el castellano como lengua materna? ¿Si mi lugar de nacimiento y crianza hubiese sido Australia, en que creería? ¿Cuáles serían mis hábitos? Mi personalidad es el reflejo de la cultura familiar y social que me atraviesa, estoy condicionado por el sistema de creencias que familia, escuela, iglesia, instituciones y cultura, me han enseñado a ser, a pensar, a sentir y a declarar todo lo que no esté en concordancia con ello como algo no válido y no verdadero; me he identificado con mi sistema de creencias heredado a tal punto que lo diferente es para mí señal de amenaza.  La percepción es subjetiva, es una máxima de la psicología, y a la vez es una máxima de la espiritualidad porque nos conduce a aceptar la diferencia que todos somos.

Experimentar la vida social y la cotidiana convivencia con los demás, implica el reconocer que mi versión de la realidad es sólo mía, sólo la comparto más no la impongo; de la misma manera la versión del otro es sólo del otro, me es compartida pero no me identifico con ella, no intento cambiarla, no intento discutirla, no existe fundamento alguno en querer cambiarla, juzgarla, cuestionarla; no existe fundamento alguno para que los demás quieran cambiarme, juzgarme, modificarme... compartimos y en ese compartir nos reconstruimos y reconfiguramos cientos de veces. No hay nada que cambiar en el otro, y sin embargo, el otro y su mundo, son mi riqueza porque me muestran otras ventanas desde las cuales también se observa y se vive la vida; cada quien es una experiencia del universo habitando un cuerpo, una mente, una vida. 

Desde el curso de esta reflexión, surge en mi mente la palabra diferencia, respeto, aceptación, libertad; si somos conscientes de que cada criatura tiene derecho a Ser y por tanto a configurar y hacerse una idea del mundo, estamos entrando en la conciencia del respeto por la diferencia, de la aceptación de lo que somos, de la libertad que cada Ser tiene de experimentar su vivencia humana según sus propios paradigmas y pensamientos.


Soltar la necesidad de querer cambiar al otro para que se ajuste a nuestro propio proyecto de realidad; soltar la necesidad de cambiarnos a sí mismos para ser aceptados por los demás; soltar la necesidad de evaluar, juzgar, criticar, evaluar, juzgar, juzgar, criticar, juzgar, juzgar, juzgar… es empezar a cultivar el silencio dentro de nosotros, ese silencio es un espacio de calma y paz innegociable, imperturbable. Ese silencio que empieza a surgir cuando decides que no juzgarás más y cada día te entrenas en ello, ese espacio de silencio es un espacio de aceptación de lo que es, es un espacio de profundo respeto por la vida y la diferencia, ese espacio de calma, aceptación, entendimiento, es un espacio de profundo amor, imperturbabilidad.

Sergio Vallejo

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