HIJA/HIJO PARENTAL: Una carga que parece no tener fecha de caducidad. Cap. V
“El dilema del sentirse responsable de otros”.
La poderosa voz de una
madre y las diferentes entre hermanos
El modelo de crianza que tuvo el
hijo parentalizado moldea en él un carácter fuerte para sobreponerse a las
crisis y las frustraciones, pero a la vez débil en lo que respecta a la necesidad
de establecer límites y decir NO cuando él mismo y los demás le obliguen a
resolver y satisfacer las necesidades y prioridades que no le sean propias y de
las cuales no debería encargarse, pero la necesidad de responsabilidad para con
otros y el mandato de resolver la vida de la madre, del padre y de los hermanos
es demasiado fuerte y ante esta presión el hijo parental es frágil.
Esto termina por reducir al
mínimo su autonomía para tomar decisiones para sí pues necesita continuamente
la aprobación de la madre y/o del padre, dando así la impresión de que el deseo
del hijo parentalizado está subordinado, sometido y supeditado al deseo y
aprobación de la madre o del padre quien tiene al parecer un poder de
convencimiento e influencia casi profético, casi mágico, casi omnipresente y
omnisciente dentro de la mente del hijo parentalizado, quien termina haciendo,
obedeciendo y responsabilizándose de la existencia de los demás miembros de la
familia porque así lo manda el voz, la enseñanza y la ley de la madre, o del
padre. Rebelarse, confrontar y desobedecer ese mandato y salir por un momento
del Rol de hijo parental representa experimentar el rechazo, el desamor y la
queja de la madre, el padre o los demás miembros del grupo familiar que
consideran que el hijo parental tiene obligaciones para con ellos.
…“cómo no vas a ayudar a tu hermana que lo necesita, tú pensando en
comprarte zapatos mientras ella necesita para ir a esa fiesta de la empresa… no
te das cuenta que a ella no le alcanza el sueldo y tú debes ayudarle”…“porque le exigiste a tu hermano que te
pagara los daños del carro, no te das cuenta que él tiene problemas con el
licor y se accidentó sin intención… deberías comprenderlo”…
La poderosa voz de una madre
parentalizadora y/o de un padre parentalizador y su poderosa influencia en la
mente del hijo parentalizado, refuerza el patrón de ultra responsabilidad que este
tiene hacia sus demás hermanos y en esa misma medida se refuerza el patrón de
No-Responsabilidad que tienen los demás hermanos y hermanas frente a las cosas
de los padres, por ello es que es usual encontrar a un hijo parentalizado
encargarse 100% de los padres mientras un hijo no parentalizado se encarga 0%
de las cosas de los padres, esta es una desproporción vista a toda luz, pero lo
paradójico es que son los padres mismos los que refuerzan y retroalimentan este
desbalance en su discurso al desresponsabilizar a veces cínica y abiertamente a
los hijos no parentalizados y sí en cambio responsabilizando al hijo
parentalizado.
El rol parental es normal
para el parentalizado
La trampa emocional más común en
la que cae la hija o hijo parentalizado es la del necesitar reivindicar,
reafirmar y mantener el estatus de buena
hija – buena hermana o de buen hijo
– buen hermano al hacer feliz a otros
tomando las decisiones y realizando las acciones que a esos otros convienen,
aprueban y les beneficie a expensas del sacrificio personal que esto implique.
Con frecuencia el hijo parentalizado no es consciente de su problemática
emocional y relacional aunque el rol parental le esté generando malestar
personal desde hace tiempo, esto debido a que el Rol está enquistado y
arraigado en la estructura de su personalidad al punto de ya no percibirlo de
manera consciente, igual manera el rol es egosintónico, es decir, el hijo
parental ha normalizado el rol, se ha acostumbrado a este, lo ha hecho hábito,
lo ha hecho parte del paisaje y se ha adaptado al punto de verlo como algo
natural y como una parte de sí mismo y de su personalidad aunque le genere
importante malestar emocional y psicológico, de allí los sesgos y las justificaciones
que hace el propio hijo parental sobre su rol y la manera como se le dificulta el
confrontarse y cuestionarse sobre qué tan egoísta está siendo consigo mismo
cuando decide no ser egoísta con los demás y darse a ellos en demasía.
La encrucijada del hijo
parental
No es poco frecuente que el hijo
o hija parental se sienta “entre la
espada y la pared” ya que muchos de
sus proyectos (personales, económicos,
afectivos y de pareja, laborales, etc) se ven condicionados y coartados por
el sentimiento de responsabilidad moral que siente tiene hacía sus padres,
hermanos y de miembros de la familia de origen de los que se siente responsable,
a quienes debe prioridad y de quienes necesita también aprobación que le
permita sentir que las decisiones que como parental está tomando no les están
afectando a ellos y en cambio sí les esté beneficiando, aunque esto implique
como se indicó el tener que aplazar, anular, renunciar y postergar sus propios
proyectos personales.
A la hija o hijo parental le
cuesta mucho reconocer sus propias necesidades y prioridades porque les cuesta
establecer límites y saber hasta qué punto ya estuvo bueno de dedicarse y
apropiarse de resolver los problemas ajenos y hasta qué punto ya está es postergando
y dejando su vida en segundo plano por precisamente hacer de otros el centro de
su atención y priorizarlos más de lo sanamente necesario.
El hijo parental se encuentra con
la incertidumbre, la duda, la inseguridad y el temor cada vez que decida no responder
al rol parental y decidir tomar sus propias decisiones para sí y para el beneficio
de sus propias necesidades personales; primero porque el sentimiento de culpa a
no corresponder a otros es un estado afectivo con el que no es fácil lidiar y
segundo porque el ocuparse de sí mismo y dejar de ocuparse de otros es un nuevo
rol aún muy frágil que requiere de tiempo para consolidarse, pulirse y
desarrollarse con seguridad. No son pocas las veces en que el hijo parental
renuncia a su deseo e intención de enfocarse más en sí mismo y menos en las
necesidades de sus familiares, retornando así innumerables veces al rol parental
con el cual se identifica pero que a la vez tan pesado y molesto le parece,
pero pese a ello lidiar y hacerse cargo de las existencias de otros es más
seguro y tranquilizador; al final resulta más sencillo readaptarse al viejo
patrón de abuso y evitar así generar conflictos innecesarios con la familia que
emprender toda una revolución emocional en pro de su libertad y autonomía con
el alto costo que esto implica. Cuando esto sucede estamos frente a un auto
sabotaje de la intención de liberarse del rol.
Una vez el malestar va generando
de manera repetitiva y crónica alteraciones y padecimientos emocionales,
mentales y psicosomáticos, el hijo parental nuevamente se cuestiona sobre su
rol y decide emprender nuevamente la tarea de soltarse de él e intentar volver
a priorizarse tratando de dejar de lado las necesidades y prioridades de los
otros, una vez más el conflicto liberador se ha despertado y el hijo parental
está nuevamente ante una nueva oportunidad para reconfigurar su existencia en
pro de su salud mental y emocional, o nuevamente readaptarse de manera forzada
a seguir y reafirmar el rol que le lleva con el tiempo a la enfermedad y el
malestar. Esta es una encrucijada de decisión existencial ineludible que el hijo
parental debe asumir y elegir; de manera consciente e inconsciente sabe que se
encuentra en una prisión psicológica
generadora de sufrimiento y pérdida progresiva de libertad y autonomía.
…El texto continúa en el
capítulo siguiente

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