La soledad del decir adiós...


Yo soy yo,
Tú eres tú,
Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas
Tú no estás en este mundo para cumplir las mías…
Falto de amor a mí mismo
Cuando en el intento de complacerte me traiciono,
Falto de amor a ti
Cuando intento que seas como yo quiero
En vez de aceptarte como realmente eres,
Yo soy yo, Tú eres tú.
Fritz Perls

La soledad es uno de los estados del alma que más necesitamos experimentar y aprender a aceptar dentro de nuestras vidas cuando de realizar o aceptar fuertes cambios o salir de apegos se trata. La soledad es el espacio vacío que queda una vez le hemos dicho adiós a situaciones, personas o momentos que se han ido por decisión y voluntad propia o por alguna pérdida no esperada.
En las siguientes líneas los y las invito a adentrarnos en algunas matices de la dependencia afectiva (quien no ha pasado alguna vez por alguna) y el sentimiento de Soledad que viene cuando hemos terminado relaciones afectivas que por deterioradas o por cualquier otra razón de pareja, llegaron a lo insostenible y terminaron con un adiós liberador, pero también doloroso. 

Todos le hemos tenido temor a la separación y la soledad en algún momento de nuestras vidas y precisamente cuando más hemos temido es cuando más hemos renunciado a gran parte de nuestra paz, amor propio, libertad e independencia al ceder y anular nuestra individualidad y nuestra persona en pro de mantener algún vínculo afectivo o relación sentimental que con el tiempo se ha tornado dañina pero que nos hace sentir acostumbradamente en zona de confort evitándonos la fatiga y el miedo a afrontar y asumir la vida solos de manera responsable y libre, parece como que nos acostumbramos a sentir que tenemos un alguien que nos hace la vida más fácil pero que paradójicamente también nos la quita un poco porque nos estrecha, condiciona y manipula; ese es un dilema muy común que tiene que ver con la dependencia afectiva, las relaciones afectivas y sentimentales que se han tornado tóxicas y ya caducas, todos hemos experimentado este tipo de relaciones con el dolor que generan y todos y todas hemos experimentado también ese adiós que nos ha liberado (pero también dolido) y ese miedo inminente a la soledad que se avecina.

Una vez roto el sentimiento y una vez tomada la decisión de terminar una relación disfuncional y decidir asumir la separación, experimentamos una primera etapa de “liberación”, se siente como un despertar que te limpia el rostro y te permite ver toda la vida y de todo el mundo que te estabas perdiendo a causa del permanecer tanto tiempo sosteniendo un vínculo afectivo que no estaba haciéndote feliz ¡Es una etapa maravillosa de libertad y despertar! Te entretienes con mil cosas, disfrutas de muchos otros matices y sabores de la vida y eres como un pájaro que había olvidado volar y ahora no sabe cómo dejar de mover sus alas al viento, has salido de una jaula.




Pasa el tiempo, las semanas y hasta los meses y luego viene la pausa y con esta pausa la soledad aparece y se siente como un vacío que no esperabas y que no es agradable sentir, al principio.

La soledad aparece como un silencio, un vacío, un agujero que ya no es posible distraer ni evadir, es el costo de toda separación que por dolorosa que sea no quiere decir que sea negativa ni patológica, todo lo contrario, esa soledad es sanadora y alquímicamente transformadora. Es un momento de vacío en donde estás más frágil y donde precisamente necesitas estar centrada o centrado en ti mismo para no ir a cometer locuras, “estupideces” o salidas fáciles que saldrán posteriormente costosas; es en esta soledad vulnerable donde fácilmente pueden aparecer nuevamente intentos de retomar la relación disfuncional dejada o también contraer hábitos compulsivos que salen bastantes costosos (drogarse, perderse en el cigarrillo, el licor, el ruido, las fiestas y el sexo sin sentido y de manera desmedida, puedes también refugiarte en la comida, etc), todas estas son formas de evadir el duelo y anestesiarnos para no sentir dolor, ni soledad, ni vacío, ni separación, ni pérdida… y ¡Cuanto mal nos hacemos al no aceptar ese vacío!
...Cuando no aceptamos lo inevitable del dolor emocional producto de una pérdida, este dolor se convierte en sufrimiento y luego este sufrimiento puede desencadenar adicciones, enfermedad psicosomática y malestar psicológico considerable, incluso psicopatología.

Este dolor de vacío por la pérdida que duele en el cuerpo, en los pensamientos y hasta en los sueños, se llama duelo, y el duelo es el que es, un sentir de vacío, desconcierto y a veces desolación que es preciso aceptar y experimentar, reconocerlo como un dolor inevitable y que no deja otra opción más que el aceptarlo y vivirlo.

Es un momento duro pero como se dicen por ahí, “cuando más oscura está la noche, más cercana está el alba”, seas consciente de ello o no, inevitablemente el dolor irá disminuyendo día a día, cuando lo aceptas sin buscar ya evadirlo ni anestesiarlo. Es un momento importante y una buena oportunidad para poner a prueba nuestro coraje, nuestro carácter y nuestra renovada capacidad de soportabilidad.
El duelo y la soledad son estados del alma y no hay de personal ni nada malo en ello, son simplemente estados del alma que hacen parte del vivir y nos visitan por momentos en algunos instantes de nuestras vidas dejando siempre tras su paso, sabias y benditas enseñanzas.

En este estado de dolor emocional, soledad y vacío, en este estado de duelo, estamos vulnerables y es siempre importante rodearnos de personas queridas y de confianza que nos den una mano y nos ofrezcan una escucha, una palabra, una voz de aliento (que nos confronte) que para nosotros en ese momento vale oro.

Pero esa soledad también es un regalo, una oportunidad para entrar en nosotros y descubrir tesoros que no pensamos existían; el vacío de la soledad nos trae reflexión sanadora y con ello la alquimia que nos transforma empieza a suceder, empezamos a encontrar sensaciones y verdades dentro de nosotros, es el vacío de la soledad el que nos conecta con nuestra verdadera esencia, nos recuerda que somos pasajeros en un universo siempre cambiante, nos recuerda que no le pertenecemos a nadie y nadie nos pertenece de propiedad a nosotros, nos recuerda que el amor es respeto y libertad, aceptación sin condicionantes. Este es un precioso momento para pintar, escribir, caminar en solitario, reconstruir y reciclar las cosas de nuestra casa, un buen momento para leer y reflexionar sobre nuestras actuales prioridades en la vida, un momento para orar, un momento para perdonar empezando por nosotros mismos.

En esta soledad aprendemos a agradecer por las experiencias compartidas y empezamos a entender que somos seres de cambio y en el cambio está el crecimiento, la evolución y la salud, y precisamente el haber decidido renunciar a una relación sentimental disfuncional es el inicio de un cambio sanador para nosotros y para el otro que hemos dejado libre, cambio sanador demasiado necesario para volver a actualizarnos, redefinir prioridades y retomar el rumbo de evolución personal que cada uno es.

En este momento es natural que surjan miedos y aprendizajes condicionados; desde niños nuestra enseñanza en la familia, en la escuela, en las iglesias, en nuestra cultura y la TV siempre fue el infundirnos un miedo extremo a la soledad, nos enseñaron y aprendimos a evadir el estar solos, a negar la experiencia de la soledad, el duelo y la nostalgia, aprendimos a anestesiarnos para no sentir, aprendimos a aferrarnos a cualquier cosa y a cualquier persona para sentirnos “seguros” y distraernos de sí mismos. También aprendimos a sentirnos culpables y la culpa, la culpa es otro estado del alma que necesitamos sortear y aprender a surfear para no ahogarnos en ella.




Para Jaspers (filósofo y psicoterapeuta existencial) la culpa al igual que la pérdida, el sufrimiento y la muerte, son dilemas existenciales inherentes a la vida humana, de alguna manera todos nos arrepentimos o sentimos pena por algo que pensamos debimos haber hecho de otra manera o debimos haber obrado diferente, esto es real y palpable en todos, pero también es cierto que la culpa y ese permanente “yo debería haber hecho…” en nuestras mentes todo el tiempo, funciona como una trampa culpabilizadora que nos ata al pasado impidiendo nuestra evolución y camino, la culpa y el permanente remordimiento puede llevarnos a la victimización auto flagelante y de allí fácilmente a la somatización, la enfermedad psicosomática, la depresión y el estancamiento.

La culpa también es vista como un residuo silencioso venido de nuestra cultura y el aprendizaje familiar machista religioso pecaminoso y predominantemente patriarcal en el que estamos inmersos como sociedad latinoamericana, opera como condicionante social condicionando especialmente a la mujer quien puede fácilmente sentir culpa cada vez que toma decisiones y hace renuncias en pro de su dignidad y amor propio.
El reto para la mujer es esencialmente desactivar el chip de “tienes que aguantar, someterte, sacrificarte y aceptar el destino de relación conyugal que te tocó… no puedes merecer tu independencia ni tu autonomía, no puedes elegir ser feliz porque si lo haces eres una egoísta y deshonrarás a tu familia… siempre debes estar agradecida por el hombre (o pareja) que tienes…”; todos estos son mensajes tipo creencias hondamente arraigadas en la percepción que tienen la mayoría de mujeres frente a sí mismas y frente a lo que consideran esperan de ellas, es fundamental desactivar el chip del sometimiento y el sacrificio, porque es allí donde la culpa se apodera de la mujer haciéndola caer en auto sabotajes cada vez que busca sacar adelante sus proyectos emocionales y personales con éxito.

Se trata de un camino de perdón a sí mismos y a sí mismas, un camino de evolución y sanación personal que necesita reprogramarse teniendo en cuenta siempre:

¡Está permitido equivocarse!
¡Está permitido tomar decisiones!
¡Está permitido perdonarse!
¡Está permitido soltar, dejar ir, levantar el rostro, sonreír y creer que se puede!
¡Está permitido recomenzar y volver a creer en sí mismos!
¡Yo soy mi prioridad y lo único importante es mi paz y amor propio!
¡Desde hoy defino mis prioridades! ¡Está permitido equivocarse!




Por
Sergio Iván Vallejo Rincón

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